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BIENALSUR 2021

Imagen del tejido en nylon realizado por el grupo de mujeres T´sinay tha´chuma´as y dos de sus creadoras -Claudia Alarcón y Edelmira Duarte-, de comunidades wichí de Zona La Puntana, Salta. (2021) Foto: Eduardo Solá. 



Detalle de los trabajos en chaguar presentados en la exposición. Foto: Guido Yannitto.



Telar “Oso Hormiguero” de Pajita García Bes (1978), obra del patrimonio del MBAS, y una yica realizada por Jorgelina Amaya, joven wichí de19 años. Foto: Guido Yannitto.



Imagen de la película “Husek” de Daniela Seggiaro (2021). Gentileza: Daniela Seggiaro.



Imagen del ensayo documental “Territorio” dirigido por Brayan Sticks (2020) Gentileza: Brayan Sticks. 



Vista de una de las salas del Museo de Bellas Artes y los diálogos interculturales. Foto: Guido Yannitto.



Mujer tejiendo una yica a crochet con lana acrílica. Comunidad Quebrachal, Santa Victoria Este, Salta. (2015) Foto: Andrea Fernández. 



ARTE Y ARTESANÍAS SIN LÍMITES EN “LA ESCUCHA Y LOS VIENTOS”. MUSEO DE BELLAS ARTES DE SALTA.

Acaba de iniciar su recorrido la Bienalsur en su edición 2021 con una exposición compleja, comprometida, que se presenta en un espacio jerarquizador: el Museo de Bellas Artes Lola Mora, de Salta. En cuatro  de sus salas, las curadoras Inka Gressel (alemana) y Andrea Fernández (argentina) despliegan una trama que reúne distintas cosmovisiones y miradas siempre con el protagonismo de los pueblos originarios asentados en la región del Chaco salteño, un espacio ubicado entre los ríos Bermejo y Pilcomayo que recién fue incorporado a la autoridad gubernamental argentina hacia 1924, mucho después de la llamada “conquista”.

Tejidos y cerámicas creadas por manos indígenas dialogan con artistas, antropólogos, cineastas y otros gestores culturales y activistas sociales en un proyecto que busca darle visibilidad a un problema irresuelto. La explotación de los llamados “recursos” naturales desoye la presencia de las poblaciones nativas y en su avance sobre el monte, se adueña de los modos de vida ancestrales expulsando a estas comunidades de sus asentamientos originarios.

La propuesta se inició con el trabajo curatorial de la artista visual tucumana Andrea Fernández y pronto recibió el apoyo de Inka Gressel, co-directora de la ifa-Galerie IFA de Berlín, donde se presentó por primera vez a finales del año 2020. Pensada para cumplir una larga itinerancia, el 8 de julio se inauguró en el Museo de Bellas Artes de Salta, y ya tienen prevista su exhibición en otras geografías, ampliando la convocatoria, como si se tratara de un tejido vivo que se transforma en el andar del tiempo.

La interculturalidad

“Solo en la ciudad de Tartagal, hoy conviven comunidades de ocho pueblos indígenas que siguen hablando sus idiomas originarios. Viven allí también migrantes y una gran población mestiza, conformando una sociedad de carácter plurilingüístico e intercultural” -explican las curadoras.

Vivir sin perder el valor de los saberes ancestrales, y sin perder ciertas prácticas históricamente importantes para estos pueblos; el dilema de siempre. Lo cuentan las tejedoras del grupo Suwanhas -hormigas en lengua wichí-, de zona Alto La Sierra, en Santa Victoria Este:

“Al principio éramos pocas

no había muchas mujeres

porque se vendía poco

y no se valoraba

siempre dejábamos el tejido para lo último

para nosotras mismas

pero venderlo no servía

nunca te daban lo que pedías

y el tiempo que se usa para tejer es mucho”. (1)

Entre los grupos aborígenes reunidos, destaca Thañi / viene del monte, una reunión de unas ciento cincuenta mujeres tejedoras oriundas de tres zonas o asentamientos -La Curvita Nueva, Zona La Puntana y Choway (Alto La Sierra)-, ubicadas en el norte de la provincia de Salta, en un área más o menos próxima al río Pilcomayo en el límite con Paraguay y Bolivia. (2) Sus tejidos los realizan con la fibra del chaguar aplicando técnicas y diseños ancestrales; en sus expresiones artesanales típicas elaboran yicas, bolsas, redes de pesca, hamacas y otros textiles para guardar o cargar cosas. En la exposición vemos sus diseños típicos y otros novedosos -fruto del intercambio con el artista visual salteño Guido Yannitto, abstracciones ancestrales plasmadas con  imágenes contemporáneas-, proyectados en tejidos de gran volumen, transformando así su mandato ancestral. Además, frente a la pérdida de los recursos naturales, la propuesta apela también al reciclaje de plásticos, reinventándose las tejedoras en una iniciativa que no se detiene frente al debate de artesanía tradicional o arte contemporáneo. Nos explica Andrea Fernández, co-curadora de la exposición: “Las abstracciones son las antiguas, las imágenes figurativas son las nuevas, la escala es nueva, el diálogo intercultural desde el arte es nuevo, ya que el vínculo intercultural solía estar limitado a emprendimientos de la economía social”.

En la exposición también se presentan los frutos de una experiencia anterior, los tapices de Carlos “Pajita” García Bes (1914 – 1978), quien exploró en el sincretismo entre las culturas precolombinas y las europeas con artesanos aborígenes y criollos salteños, y fue además director del Mercado Provincial de Artesanías y uno de los creadores de la Escuela Provincial de Bellas Artes “Tomás Cabrera” de Salta. Diez de sus tapices hoy forman parte de la colección del Museo de Bellas Artes de Salta. (3)

En La escucha y los vientos participa, además, el colectivo de mujeres ceramistas del pueblo chané Orembiapo Maepora (Nuestro trabajo es hermoso), artesanas de la comunidad Tutiatí (Campo Durán), el paraje donde se tallan las máscaras de madera utilizadas en una celebración comunitaria de origen agrario, la que sobrevive vinculada desde hace largo tiempo al carnaval folklórico. Este grupo contó con el acompañamiento de la artista y docente Florencia Califano de San Salvador de Jujuy. Ellas elaboran en cerámica las representaciones de los animales con los que hoy conviven, de los que ya desaparecieron de sus hábitats y también, de los que imaginan. Arcilla, agua y fuego, y lo asegura Florencia Califano, un cuarto elemento, la memoria: “No existe una cerámica sin pasado, sin carga cultural”, expresa. Otra manifestación del diálogo entre culturas y realidades diversas; la artista urbana y las “maeporas”, alfareras aborígenes que recibieron el oficio de una abuela de la comunidad, y que hoy lo recrean frente a nuevos horizontes.

En otra sala, Daniela Seggiaro, guionista y directora de cine salteña, conformó una instalación cuyo nombre “La fortaleza”, alude a su película Husek y a un relato que se remonta a la llamada Guerra del Chaco. Ahí expone fragmentos de dicha película, palabras tejidas en yicas, y tejidos traducidos a grafías digitales en una reflexión sobre los vínculos interculturales que tiñen el presente.

Profundizando las miradas sobre los pueblos nativos de la región, el realizador sanjuanino Brayan Sticks presenta un ensayo documental titulado “Territorio”, con la participación de un grupo de jóvenes estudiantes, quienes habían recreado en la plaza principal de Tartagal, en 2019 y para el aniversario del arribo de Cristóbal Colón, una batalla librada hace un siglo entre el Ejército Argentino y guerreros indígenas liderados por el cacique Taikolic. Como en aquellos tiempos, la lucha continúa, “que se respete el lenguaje de cada indígena” -reclaman.

La exposición se completa con el trabajo audiovisual del antropólogo Carlos Masotta; la obra titulada “Pin Pin Ñanderekó” muestra la preparación del baile y la música tradicional del carnaval en la comunidad guaraní de Cherenta, en Tartagal. Allí están las voces de quienes sienten que “la civilización es un duelo, es perder nuestros derechos…”

Arte, artesanías, identidad, territorio, compromiso, visibilidad, creación, memoria… La escucha y los vientos despierta emociones y formula preguntas en el lanzamiento de esta Bienalsur que sorprende desde su primer paso en un recorrido que se proyecta por 23 países, con más de cuatrocientos artistas invitados, como lo explican con entusiasmo sus artífices, Anibal Jozami, rector de la Universidad Tres de Febrero (Untref) y Diana Wechsler, director general y directora artística de un evento que desafía sus propios límites en cada edición.

En la voz de la curadora argentina, arte contemporáneo y compromiso social

HILARIO: El reemplazo de la obra utilitaria por una a contemplar, y de la materia prima natural por una reciclada, ¿no pone en riesgo la cosmovisión del trabajo en sí, y del producto final entre las propias tejedoras?

ANDREA FERNÁNDEZ: Cuando comencé a conocer las comunidades de la ribera del Río Pilcomayo, en 2015, una de las cosas que más me llamó la atención fue que las mujeres llevaban en sus cuerpos yicas (una forma de nombrar a un tipo de morrales que usan casi todas las personas que viven en el chaco salteño) hechas de lana acrílica de vibrantes colores. Yo pedí comprar en ese momento una de esas piezas, y me dijeron que esas no se vendían, que ellas las hacían para usar y para regalar. Ya en ese momento, y no podría decirte desde cuánto antes, muchas mujeres reservaban los textiles de chaguar (la planta silvestre del monte nativo que históricamente utilizaron para realizar sus trabajos textiles utilitarios) solo para la venta. Para los objetos cotidianos actualmente usan lana para las yicas para guardar y llevar cosas personales, y plástico para las redes de pesca y bolsas para recolección de miel y otros alimentos del monte. Considero que independientemente de los materiales que se utilizan, las imágenes ancestrales siguen presentes, y comprendo esto como un acto de resistencia y defensa de la memoria colectiva. Que no abunde el chaguar y se usen otros materiales tiene que ver con todos los cambios que se produjeron en estos territorios por los desmontes, la presencia de vacas en el monte nativo, y la falta de políticas públicas con perspectiva intercultural. Creo que llevar estos saberes a un espacio de visibilidad que puede posibilitar una nueva construcción de valor, que estas tramas no estén solo en las tiendas de diseño, de artesanías o en las ferias es una acción de respeto y admiración por las imágenes de los pueblos originarios con los que convivimos. No se trata de hacer que las tejedoras valoren su propia cultura, sino que podamos conocerla y valorarla quienes somos parte de otras culturas, que son las que ocupan las salas de los espacios de arte, entre otras cosas.

H: Las producciones para la exposición fueron colectivas; esta modalidad no es frecuente entre las artesanías tradicionales de carácter indígena. ¿Cómo explicar que esta iniciativa ahora tiene sentido? Es que, en otras ocasiones, la intromisión del mundo blanco buscó seriar y segmentar los procesos de producción en el plan de optimizar el trabajo desde una mirada extraña a la cultura originaria.

AF: Las acciones que yo propongo como curadora (y como artista) buscan generar diálogos y trabajos colectivos, me permiten a mí y a otras personas que no son parte de pueblos originarios, conocer otras culturas y repensarnos. Considero que es fundamental conocer los pueblos preexistentes para respetarlos, para apoyar desde diversos roles sus derechos, dentro de los cuales también está el acceso como espectadores y principalmente como autores/creadores en lo que llamamos Cultura y Arte (con mayúsculas). Tenemos mucho que aprender de los pueblos originarios y ese proceso es necesariamente un proceso de decolonización. Yo no tengo orígenes europeos ni en mi familia hay que yo sepa ningún recuerdo de haber bajado de barcos, tampoco puedo reconocerme como indígena porque soy una “mestiza”, soy parte de toda esa gente que tiene sus orígenes borrados, negados. En algunos lugares de Argentina soy negra y en otros soy blanca, y eso también me hace sentir y hacer muchas preguntas.

Yo me acerqué a tejedoras y ceramistas indígenas del actual norte de Salta siendo parte de proyectos de “innovación y agregado de valor”, proyectos de instituciones que intentaban apoyar a mujeres para que puedan vender mejor sus trabajos artesanales. Así me aproximé también al mercado de artesanías, y una de las primeras cosas que noté es que no suelen venderse los trabajos artesanales con el nombre de quien los hizo, tampoco se suele nombrar a las comunidades de las que son parte sus autores, aunque siempre hay excepciones, por supuesto.

Nuestra propuesta a las tejedoras del pueblo wichí, que son parte del colectivo “Thañí/Viene del monte” fue hacer trabajos colectivos. Es cierto que no se acostumbra hacer de este modo, sino que cada mujer suele hacer sola sus tejidos en tiempo que “roba” a otras tareas que tiene en su hogar, relacionadas sobre todo al cuidado de sus hijxs. Antes de que se conformara este colectivo de artesanas, que funciona también como una marca colectiva, en los ex lotes fiscales 55 y 14 las mujeres vendían solas (con la ayuda de sus maridos o familias), vendían a quienes podían, a quien estuviera ahí: el almacenero, alguien que llegaba al territorio buscando comprar artesanías por mayor, referentes de diferentes ONGs que desarrollan proyectos para apoyar a las comunidades en la venta de artesanías desde hace varias décadas. A partir de 2017 esta organización que es Thañi (palabra wichí para nombrar el monte) les permite “salir” a vender, y vender juntas; sale una a participar de una feria, por ejemplo, pero lleva los trabajos de cien; empezaron a hacer reuniones para tomar decisiones, tuvieron nuevos desafíos para organizarse y confiar en otras mujeres que son de otras familias y otras comunidades, y en las instituciones que las acompañan. Creo que nuestra propuesta de hacer trabajos colectivos que antes hacían (a otra escala) solas, se inscribe dentro de estos desafíos actuales, nuevos. No considero que estemos imponiendo como “blancos” que hagan las cosas de otra manera, sino que estamos trabajando con ellas para pensar qué podemos hacer hoy juntxs.

Notas:

1. Fragmento del registro de Daniel Zelko (2021), artista porteño que desde su proyecto “Reunión” lleva a la escritura mensajes orales lanzados por otras voces. En la exposición, junto al cacique mayor wichí Caístulo, en una creación cooperativa le dieron forma poética a los mensajes que envía el monte -nos explica Andrea Fernández: y que Caíustulo presta su cuerpo para darnos la posibilidad de escucharlos.

2. El grupo de artesanas posee un sitio web de gran calidad. Merece que lo visiten -e imaginamos querrán comprar algunas de las obras ofrecidas en venta-, les acercamos el link: www.vienedelmonte.com.ar

3. Pajita García Bes, nacido en Salta, se formó en Buenos Aires y en 1942 regresó a su tierra de origen, donde fue un importante gestor cultural, además de trabajar desde lo artístico con el universo precolombino y las poblaciones aborígenes, entre las que participó en ceremonias comunitarias de raíces ancestrales. Sus tapices fueron un referente estético para numerosos artistas locales.



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