Los moai de la Isla de Pascua o la piedra, también muere

Después del siniestro, la vegetación rebrota, pero los maoi padecen un deterioro irreparable. Fotografía: Gentileza Municipalidad de Rapa Nui. Chile.



En su mayoría, más de cuatrocientos moai, se encuentran en la base del volcán Rano Raraku. Fueron tallados en piedra volcánica, oriunda de aquel. Fotografía: Gentileza Parque Nacional Rapa Nui.



Irina Podgorny

(Quilmes, Argentina, 1963).


Historiadora de la ciencia. Doctora en Ciencias Naturales (Universidad Nacional de La Plata, Argentina). Investigadora Principal del CONICET en el Archivo Histórico del Museo de La Plata. Profesora Invitada en universidades y otras instituciones nacionales e internacionales. Presidente de la Earth Science History Society (2019-2020), desde 2021 es miembro del Consejo de la History of Science Society (HSS), donde está a cargo de su comité de Reuniones y Congresos.


Autora de numerosos libros, este año publicó Florentino Ameghino y Hermanos. Empresa argentina de paleontología ilimitada (Edhasa, Buenos Aires, 2021) y Los Argentinos vienen de los peces. Ensayo de filogenia nacional (Beatriz Viterbo, 2021). Sus artículos se han publicado entre otras revistas en Osiris, Science in Context, Redes, Asclepio, Trabajos de Prehistoria, Journal of Spanish Cultural Studies, British Journal for the History of Science, Nuncius, Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences, Museum History Journal, Journal of Global History, Revista Hispánica Moderna, etc.


Asidua colaboradora de la Revista Ñ, dirige la Colección "Historia de la ciencia" en la editorial Prohistoria de Rosario, donde en 2016 se publicó el Diccionario Histórico de las Ciencias de la Tierra en la Argentina, gracias a un proyecto de divulgación científica del CONICET.


Sus publicaciones pueden consultarse: AQUÍ


Por Irina Podgorny *

A principios de octubre de 2022 un incendio en la Isla de Pascua volvió a amenazar las grandes esculturas en piedra llamadas moai. Un fogón descontrolado. Un intento de acabar con las malezas para darle pista al ganado, una técnica que, en realidad, termina por derretir la confianza en la solidez de las rocas. Una chispa que, además, me encuentra en Australia -un territorio muy sensible al poder del fuego-, despertando recuerdos de brasas y piedras refugiadas en la infancia.


Un asado en Villa Elisa, partido de La Plata, una reunión en la quinta de los ingenieros en electrónica Héctor Cozzi y Víctor Aristizábal, la sede, en realidad, de Tevycom Fapeco S.A, una empresa establecida en 1969 y por entonces una de las principales industrias de fabricación y venta de equipos de comunicaciones del país. Hoy se ha transformado en un terreno que se lotea para hacer un barrio cerrado pero, en aquellos años, imposible datar cuándo, era el orgullo de esos ingenieros egresados de la Facultad de Ingeniería de la Universidad Nacional de La Plata, compañeros del tren de mi papá y de mi mamá -que llegaba con el Provincial desde su escuela en Solano- y de tantos otros que subían al Ferrocarril Roca en Quilmes o en Bernal.


Uno de ellos había emigrado a Australia, un lugar tan lejano e improbable para una niña de la calle Garay y Mitre como borrosa es la escena en la que, según mi mamá, nos enseñó a usar un boomerang. Florencio Charola, de vasco apellido, vivía en Melbourne donde murió en 2011. Era hijo de esos círculos de profesionales y universitarios que poblaban el Gran Buenos Aires en la primera mitad del siglo XX, formados en la escuela pública pero también el cimiento de ella: su padre, casado con Erika Kirchhoff, también era ingeniero, además de Doctor en Ciencias Físico-Matemáticas, autor de manuales de Cosmografía y de otros de Mecánica-Acústica-Calor para los establecimientos de instrucción secundaria de la década de 1940. Profesor de Física en el Colegio Nacional de Buenos Aires, de Mecánica Racional en el Instituto Nacional de Profesorado Secundario y en la Universidad de La Plata, su casa era un espacio donde se hablaba de libros, una familia donde el hijo y las dos hijas estaban destinados al estudio. La mayor egresó del Normal, del Nacional y del Comercial quilmeños, en todos los casos como abanderada, recuerda otra vez mi madre, que dice haberla visto en los desfiles cívicos pero dudando si también hizo las materias del Industrial.  


El otro fogonazo de esta historia fue un encuentro en Ezeiza con la menor de las hijas y no me incluye: mi papá la reconoció en el aeropuerto, de cuando iba a jugar al ajedrez a su casa. No se veían desde hacía siglos y ese día los tres viajaban a Nueva York. Ella, Elena, venía de la Isla de Pascua e iba cargada de piedras, muestras que iba a analizar, dedicada como estaba a la química y a la conservación de estos materiales. Este episodio tampoco es fácil de datar aunque ocurrió muchos años más tarde que el asado en Villa Elisa: la que ahora estaba en la universidad, era yo. O estaba cerca de estarlo. O quizás hasta de recibirme. O a mitad de carrera, nadie se acuerda. Pero mi mamá -cuándo no- al regresar me lo contó -o así lo entendí- como un posible ejemplo de por dónde encaminar mi futuro, ese que pensaba seguir por la arqueología.


Ese que, por otros caminos, este año me trajo a la Universidad Nacional de Australia y donde me enteré de los incendios en la isla gracias a Jimena Ramírez González, quien, hace unas semanas, estuvo de paso por aquí. Ella, por su parte, vino a un encuentro sobre la arqueología y la historia de las islas del Pacífico, ese océano que a los argentinos nos queda tan lejos y que hemos descartado de nuestra historia nacional y colonial como si las cosas acabaran en una frontera que no solo es arbitraria sino también muy moderna. Jimena vive en Rapa Nui hace unas dos décadas y forma parte del Consejo de Monumentos Nacionales de Chile. Nos encontramos en una reunión, conversando en castellano, aunque, mientras hablábamos, apenas podía despegarse del celular, espantada por las imágenes que recibía de los frentes aún calientes, de los moai atacados y chamuscados por el fuego. El diagnóstico y el daño eran aún desconocidos aunque se temía lo peor.


De la nada, los Charola aparecieron en la conversación y en Australia. A Jimena se le iluminó la cara al pronunciar el nombre de Elena, cuya autoridad y la de su obra siguen aún vigentes. En 1997, esta doctora en Química de la Universidad de La Plata, consultora del Programa de la Isla de Pascua del World Monuments Fund, había publicado un libro o manual que con el título Death of a Moai, la muerte de un moai, hoy es de libre acceso y sigue utilizándose. Estaba dedicado a su madre y a su tía, dos hijas de la familia Kirchoff pero también a Georgia Lee, quien se había doctorado en Arqueología en la Universidad de California, tras seis años de trabajo de campo en la Isla de Pascua, gracias al Programa de Expediciones de Investigación de dicha universidad. Lee trabajaba en la Isla de Pascua desde 1981, en estrecha relación con los isleños y el pueblo de Rapa Nui. Así, la obra de Elena hablaba de una larga genealogía de mujeres y hombres ligados a esas piedras, de carreras que unían la química y la física con la historia. Una constelación conocida, esa donde las humanidades y las letras se conjugan con el deleite por la precisión de las ecuaciones y las fórmulas.


Elena Charola, enraizándose en esa tradición, analizaba los mecanismos de desgaste de las grandes esculturas de piedra -los moai- y el de los petroglifos asociados tallados en la toba volcánica. Se ocupaba de la erosión por la exposición al viento y al agua, del deterioro alveolar inducido por la recristalización de las sales surgidas del agua, de las diferencias de rendimiento mecánico entre la toba y las inclusiones de basalto y del crecimiento de algas y líquenes en las superficies de la piedra. No había dudas que la introducción de ovejas y vacas vagando libreemente por la isla había contribuido al ajado de los sitios. No solo eso: la responsabilidad de ese estropicio recaía también en los trabajos de conservación hechos en el siglo XX  así como en la reinstalación de muchos de los moai en sus altares de piedra o ahu, que se completaron con mortero a base de cemento, un material que actúa como barrera contra el agua y prolonga la presencia de humedad en la base de las estatuas. El informe de Elena Charola publicado en los últimos años del siglo XX abogaba por el tratamiento periódico y la consolidación de los moai con una solución especial, modificada con disolventes menos volátiles para prolongar el tiempo de secado sumado a la aplicación de un fungicida para eliminar el crecimiento orgánico que se daba en la superficie de la piedra.


Moai en Ahu Hanga Kio´e que muestra la base de cemento y el depósito de sílice justo encima. Fotografía: A. E. Charola.



Este libro, resultado de su experiencia como química especializada en la piedra, la materia del patrimonio monumental de la isla, llevaba el prólogo del arqueólogo británico Paul G. Bahn (1953), un experto en arte rupestre del paleolítico europeo. En esas líneas, Bahn reflexionaba sobre la siguiente paradoja: las estatuas de basalto, resistentes a la intemperie, estaban en los museos, mientras que las figuras de escoria roja, mucho más vulnerables, habían permanecido en la isla y al aire libre. Bahn, hasta leer a Charola, nunca se había dado cuenta de que las causas y las fuentes de deterioro eran tan numerosas y variadas. Las piedras de los moai habían sufrido la crueldad de las circunstancias humanas desde su nacimiento, es decir, desde la mera extracción de la cantera para luego estar sometidas a un sinfín de procesos y episodios dañinos, tanto naturales como infligidos por los mamíferos con más o menos pelo. Una escultura, a fin de cuentas, se hace a los golpes y la piedra, se resiente con ellos, con el traslado, con la construcción y el emplazamiento. Mucho más insidiosa es la penetración de agua y sal en sus poros, esos que nadie ve pero que forman parte de ella. Nada es para siempre, nada es totalmente sólido ni impermeable, tampoco la piedra.


Estatuas de la Isla de Pascua. Ilustración de la obra de Elena Charola: Death of a moai. Easter Island Foundation. 1997. 



La muerte de los moai -como la extinción de las especies- es un destino sin fecha pero previsible, porque, a fin de cuentas, la piedra también se desintegra. Los tiempos varían según las rocas, según los minerales que las constituyen, según su origen sedimentario, metamórfico, volcánico, tiempos que lejos de ser humanos, se parecen a una falsa eternidad. Pero, como Elena Charola explicaba en su libro, la investigación contemporánea propone formas de posponer la desaparición de los moai, del arte rupestre, de los materiales que sustentan la obra de los humanos. Y aunque nada pueda sobrevivir hasta el fin del universo, gracias a estos esfuerzos, el final puede suspenderse por un tiempo, por lo menos, si con eso nos referimos a la escala que nuestro paso por la Tierra reconoce como absoluta.


Elena Charola en 1997 no dudaba de que las próximas décadas traerían técnicas hasta ahora inimaginables para prolongar la existencia de estas obras del pasado y que, como todo, algún día serán fragmentos, polvo, escoria. Hoy, el aumento del turismo y los incendios han multiplicado las amenazas para que eso se acelere, peligros que, sin embargo, siguen siendo conjurados gracias a la dedicación de Elena Charola, de sus colegas y de sus descendientes para documentar y analizar los problemas de las piedras de la Isla de Pascua. Esos que, sin querer y solo por un instante, anudaron los caminos cruzados de estas hijas y hermanas de ingenieros. 


Bibliografía de consulta:

- Charola, A.E. & Lazzarini, L. (1988), The statues of Easter Island: Deterioration and conservation problems.- in: Wiener Berichte fiber Naturwissenschaft in der Kunst, Hrsg.: VENDL, A. et al., 4/5, 392-401, Verlag Orac, Wien.

- AAVV, Lavas y tobas volcánicas. Trabajos presentados a la Reunión Internacional, Isla de Pascua, Chile 25 — 31 Octubre, 1990. Coordinadora: Elena Charola.

- Elena Charola, The Preservation of the Monumental Heritage of Easter Island, Chile, en Rapa Nui Journal, Vol II (3), september 1997.


* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios. Desde el Centro de Humanidades de ANU (Universidad Nacional de Australia), Canberra.



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