LA VOZ DE LOS EXPERTOS

EL TELAR DE ESTACAS Y SU ARRAIGO EN SUELO AMERICANO

Detalle del mural hallado en una tumba. Beni Hasan. 2000 a.C. 



La coautora durante una investigación de campo junto a una tejedora. Lago Titicaca, Bolivia, año 1998.



Mujer tejiendo en el telar de cintura, según Felipe Guaman Poma de Ayala.



Tejedora de San Lucas, Chuquisaca. Bolivia. Fotografía de Eric Bauer.



Hilando… una artesana le muestra su técnica a la coautora. Lago Titicaca. Bolivia. 1998.



Tejedora de La Paz, Bolivia. Fotografía de Eric Bauer.



ENRIQUE TARANTO (Buenos Aires, 1947)

Médico, egresado de la Universidad Nacional de La Plata, especialista en Pediatría y en Alergia e Inmunología.


NÉLIDA TERESA DONADÍO (Buenos Aires, 1945)

Licenciada en Kinesiología, egresada de la Universidad Nacional de Buenos Aires. Medalla de Oro de su promoción.


Este matrimonio de profesionales de las ciencias médicas, desde 1980 alternó su labor con otra de sus pasiones: la investigación y el estudio de los textiles aborígenes de América Latina. Durante las últimas cuatro décadas recorrieron nuestro continente por Argentina, Chile, Bolivia, Perú, Ecuador, El Salvador y Guatemala, cautivados por el universo textil de la región, efectuando estudios de campo en cada país. También han viajado a Turquía y Marruecos, abrevando en fuentes de antiquísima tradición de la artesanía en telar.


En el año 2000 integraron el equipo organizador del Primer Concurso y Exposición de Textiles de Uso Tradicional, que tuvo lugar en el predio de la Sociedad Rural de Palermo, en Buenos Aires. Efectuaron la curaduría de la exposición Textiles de Uso Tradicional en Iberoamérica, en la sede de la Organización de Estados Iberoamericanos, en la ciudad de Buenos Aires en 2019, y fueron convocados a exhibir piezas de su colección en numerosas exposiciones presentadas en el país.


Han publicado tres libros sobre textiles, dos carpetas de fotografías de los siglos XIX y XX de temática rural y han sido columnistas del mensuario tradicionalista El Chasque Surero durante los veinticinco años de su existencia.


Por Enrique Taranto y Teresita Donadío

Para hablar del tejido en telar, nacido después del anudado de las fibras y de la cestería, tenemos que aclarar el concepto de urdimbre y trama. Conviniendo que la urdimbre la constituyen las fibras o hilos tendidos paralelamente, mantenidos en tensión, y los hilos de trama los que se entrelazarán con los de urdimbre corriendo transversalmente a la misma, la urdimbre será el terreno por donde la trama habrá de caminar.


En tanto que en la cultura china se considera a la urdimbre como las fuerzas inmutables del mundo, a la trama la definen como los eventos que se suceden trazando la vida y el destino del individuo. Algo similar se dice en India, refiriéndose a la urdimbre como la existencia externa y a la trama como las etapas que conforman la biografía de un hombre.


Podemos entonces definir al telar como el elemento que permite mantener en tensión la urdimbre para poder introducir las tramas, que la cruzan, y al tejido como el resultante de entrecruzar recurrentemente esos hilos de trama. Ese entrecruzamiento, producto de insertar las tramas entre dos hilos paralelos de urdimbre, se hizo primitivamente con los dedos, pero, de acuerdo con la documentación arqueológica veremos que pronto fue reemplazada por los lizos, que no son otra cosa que hilos accesorios amarrados a la urdimbre, previamente armada por pares, de manera de formar dos planos que – traccionando esos lizos- ascienden y descienden en cada pasada atrapando la trama.


Es justamente el telar de estacas, también denominado telar de suelo, la estructura más sencilla que se conoce. Cuatro estacas se clavan firmemente en la tierra formando los vértices de un rectángulo y allí se ajustan los travesaños para mantener la urdimbre tensa, que queda casi tocando el piso.


Si bien la primera referencia a un telar proviene de Anatolia, de Catal Huyuk -quizás la ciudad más antigua del mundo, durante el período Neolítico, unos 6000 años a.C-, no existe evidencia fehaciente de que fuera un telar de suelo o vertical. En cambio, sí podemos demostrar el uso del telar de estacas en Egipto, documentado por el hallazgo de su representación en una vasija de cerámica hallada en Badari -cuya datación se estima en 5000 años a.C.- y en un mural de la tumba de Kumhotep en Beni Hasan, de la dinastía XII, alrededor del 2000 a. C.


En la decoración gráfica de la vasija se ve en detalle la urdimbre tensa, sujeta a dos barras; una parte tejida, tres líneas perpendiculares a la urdimbre que podrían representar dos lizos y una pala para apretar la trama, en tanto que en el mural, dos tejedoras trabajan en el mismo telar: una accionando los lizos y la otra, con una pala, ajustando la trama después de pasada.


Haciendo una somera clasificación de los telares, podemos dividirlos en verticales, oblicuos y horizontales. Como es claro, el de estacas pertenece a esta última categoría, compartiéndola con el telar de cintura, donde -en el extremo del inicio del tejido- las estacas se hallan reemplazados por el cuerpo de la tejedora, que mantiene tensa la urdimbre mediante una ancha correa que, amarrada a cada extremo del travesaño, rodea la parte posterior de su cintura. En éste, la artesana debe imprescindiblemente ir envolviendo la tela resultante mediante el uso de un palo accesorio “envolvedor”. A veces, en el telar de estacas, la tejedora se sienta sobre la tela ya tejida a medida que va avanzando en el mismo, en tanto que en otras ocasiones opta por envolver el tejido en el travesaño proximal o ayudada por otro palo proximal “envolvedor”. En este último caso, ata los extremos del travesaño distal a las estacas con una soga gruesa de lana y la soga se irá alargando a medida que la artesana se vaya aproximando al final de su labor.


En el Viejo Mundo, la dispersión geográfica del telar de suelo fue muy amplia en Asia Central y África, sobre todo entre las tribus nómadas, dada la sencillez de su armado y la facilidad para transportar la urdimbre enrollada en los travesaños. En América, mientras el telar de cintura predominó en el Perú (verificable en los dibujos de Guaman Poma de Ayala), el de suelo sentó sus reales en el Alto Perú, hoy Bolivia, herencia de la cultura aymara, aunque compartiendo domicilio con telares oblicuos y aún de cintura. Más aún, durante varios siglos lo hizo también con los telares europeos de pedales traídos por los jesuitas.


El primer obraje textil establecido por la Compañía de Jesús data de 1545, sólo cinco décadas después de la llegada de Colón a tierra americana, lo organizó en el pueblo de Sapallanga, situado en el valle de Jauja, Perú. Desde ese mojón fundacional extendieron su actividad textil a toda la América española hasta 1767, año en que se decretó su expulsión. (1) Los obrajes fueron abandonados en su mayoría, y los que mantuvieron su actividad bajo dirección de laicos, fueron destruidos definitivamente en 1781, durante el levantamiento indígena de Túpac Amaru II y Túpac Katari.


La técnica de los jesuitas con su producción en serie cuasi industrial de ponchos mediante urdimbres de cien varas de largo por 20 a 30 cm. de ancho, era simple. Una vez retirada la tela del envolvedor, se cortaban cuatro o seis tiras del largo deseado, se unían esos paños, se dobladillaban en sus extremos y se les aplicaba un fleco perimetral, pero esos telares eran operados por hombres en su gran mayoría. Las mujeres continuaron tejiendo en sus telares de estacas y “a cuatro bordes”, es decir, urdiendo la pieza sin cortar el hilado, del largo y el ancho deseado y tejiendo desde el comienzo de esa urdimbre hasta el final. Una vez culminada una mitad, cuyo ancho no podía superar los 85 cm, que era el ancho máximo que podían operar las tejedoras, procedían a tejer otra tela con diseño “en espejo” para después unirlas con costura central respetando la abertura para la boca. 


Volviendo a la observación de que el telar de estacas es –desde el fondo de los tiempos- el elegido por las culturas nómadas, podríamos preguntarnos por qué la etnia quechua-aymara, lo adoptó siendo sedentaria. Sucede, en primera instancia, que las mujeres se ocupan de llevar a pastorear a sus llamas y alpacas, recorriendo diariamente grandes distancias. Durante la caminata van hilando con sus husos, y al llegar, clavan las estacas, estiran la urdimbre y al poco rato están tejiendo. En segunda, la tejedora trabaja al aire libre, mientras haya luz suficiente, para enrollar su tejido al caer el sol, guardarlo en su morada, y retomar la tarea al día siguiente. 


Haciendo una rústica evaluación de la dispersión geográfica de los diferentes tipos de telares aborígenes podemos decir que los verticales y oblicuos simples (dos parantes y dos travesaños) los vemos en zonas limitadas de Bolivia, principalmente en Potolo, Tarabuco, Sucre, Tarija, en el Oriente y en el Chaco boliviano y argentino. Bajando por el corredor andino los vemos en el Noroeste argentino, y llegando al Sur argentino y chileno los hallamos con dos parantes accesorios destinados a sostener la vara de los lizos, varas denominadas en mapudungun (idioma mapuche), tononhué.


Una curiosidad –por estar inserto en un territorio francamente dominado por el telar vertical- lo constituye el telar de Quelgos, horizontal, utilizado en la Isla de Chiloé, según crónicas de Charles Darwin, consignadas durante su viaje a Chiloé y Aysén, en 1834 y documentado gráficamente por el ilustrador Conrad Martens, también integrante de la expedición comandada por Fitz Roy. Martens lo dibuja y lo describe como: cuatro estacas firmemente enterradas en el piso, conformando el soporte tensión de los dos travesaños del telar. Esos travesaños, denominados quelgos, son el origen del nombre de este telar.


Entre los horizontales tradicionales ya hemos destacado el uso mayoritario del telar de cintura en el Perú y el del telar de estacas en todas las regiones del altiplano de Bolivia. Ambos, notables expresiones del patrimonio cultural andino, patrimonio que trasciende su materialidad.


El verbo tejer, proviene del latín texere, vocablo empleado en la era romana para referirse a atar, anudar, unir, construir, no sólo en el sentido de lo material sino también en lo intelectual.  Atento a este último aserto es que de la misma raíz proviene el término texto. Por tal motivo, al tener ante nosotros un textil nacido en un telar de estacas estamos frente a un texto, a un mensaje de identidad que perdurará en el alma de esa unión definitiva, -como rezan los pensamientos orientales- entre la urdimbre: el mundo externo e inmutable, y la trama: el documento biográfico de una civilización. 


A tal punto es certera esta apreciación que, en 2020, el Senado boliviano declaró al pampa away (telar de suelo), Patrimonio Cultural de Bolivia.


Nota:

1. Enrique Taranto, Jorge Marí: Textiles de uso tradicional. Ed. Asoc. Criolla Argentina. Buenos Aires. 2000. Pág. 49




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